

Mí Más

Bonita
Causalidad
Diecisiete de agosto, dos desconocidos
Un mensaje, una respuesta y caminos unidos
Incertidumbre, confianza y complicidad
cautela y secretismo en la verdad
Temerosa de sentir felicidad
pensamientos y sueños que cambiaron de ciudad.
Diecisiete de agosto, dos desconocidos.
Camuflados tras el vidrio, ansiosos de cumplir lo prometido...
Mar, rocas, la luna… ese era el plan;
problemas que vienen, problemas que van.
Cigarros e historias, cual paciente en el diván
cientos de penas guardadas en el desván.
Diecisiete de agosto, dos desconocidos.
Como forasteros del desierto en los Estados Unidos
leyendo tus palabras reflejadas en el cristal
Sempiterno, sin principio ni final,
como el agua del mar acompañada de la sal
El diecisiete de agosto no podía ser casual.
CAPÍTULO 1
"DIECISIETE DE AGOSTO"
DIECISIETE DE AGOSTO
Hola, Forastera.
Recuerdo tus palabras como un susurro que no se quiere ir. “Hola, Forastero”, Fue tu respuesta aquel 17 de agosto de 2023, a un mensaje mío que parecía simple: “¿Qué tal va todo, Ana?”. Únicamente un saludo, de esos que uno envía sin pensar demasiado, pero con la intriga y preocupación que invade la duda, sin saber lo que el futuro depararía. Aquel día no fue como los demás.
Al principio, nuestra conversación parecía superficial, apenas un intercambio entre dos personas que todavía no se conocían bien. Sabía que no estabas aquí pero ni siquiera sabía dónde, y tu manera de ser un poco reservada mantenía cierta distancia que, de alguna forma, te hacía más interesante. Pero luego me sorprendió tu pregunta:
“¿Has vuelto a tener un bajón de ánimo?”
No era una pregunta cualquiera, no era un mensaje que se dijera por decir, era un recuerdo que tenías de mí. Había detrás de esas palabras un interés genuino, un cuidado silencioso que no buscaba ser reconocido, solo estaba ahí. Y de inmediato recordé aquel día en El Ibiza, cuando nos abrazamos al salir del trabajo. Fuiste la única que se dio cuenta de que algo no estaba bien en mí, y la única que preguntó sin más. Para ti quizá fue un gesto normal, pero para mí fue importante, un pequeño recordatorio de que alguien podía notar cómo me sentía.
Mirando atrás, todo se ve más claro. Entonces éramos dos desconocidos descubriéndose a través de palabras y silencios, poco a poco. Pero aquel día surgió un hilo invisible que empezó a unirnos. Sentí curiosidad, respeto y algo más profundo: un interés genuino por conocerte, por saber quién eras de verdad sin mayor objetivo que una posible amistad con una persona que se podía conversar.
Cuando te dije que parecías una persona madura para tu edad, respondiste:
“Me admiro aunque no lo parezca, solo que estoy en una etapa de auto superación, de superar todo lo que me ha pasado”.
Esa frase se quedó en mi mente, y quería saber los motivos por los cuales lo decías.
Hasta ese momento, tus historias eran fragmentos, retales de algo que no querías mostrar del todo. Pero ese día decidiste abrir la puerta un poco más y dejarme entrar, palabra a palabra.
Me hablaste de tu infancia, de tu familia: tu padre, tu madre, tu abuelo, tu hermana. Me contaste sobre los lugares que marcaron tu vida, desde Rumania hasta España, pasando por Castellón y Onda. Hablaste de tu trabajo, del gimnasio, de cosas cotidianas que para ti parecían normales pero que para mí eran pequeños detalles que me ayudaban a conocerte mejor. Cada cosa que compartías era un pedazo de ti, algo que no le cuentas a cualquiera.
Mientras leía tus palabras, no solo escuchaba tu historia; también podía sentirla pues aunque en esos momentos quizás no lo supieses soy una persona empática.
Todo eso formaba parte de ti, y tú lo compartías conmigo. Ese gesto me hizo darme cuenta de que realmente confiabas en mí.
Tu frase “Me admiro aunque no lo parezca” me hizo pensar en la fuerza silenciosa que todos llevamos dentro. Esa que no necesita que otros la reconozcan para saber quién son. Te respondí:
“¿Eres consciente de que tu valor no lo mide que haya habido gente que no haya sabido valorarte como se merece, ¿no?”
Y te envié un enlace a la fábula de El verdadero valor del anillo, esperando que entendieras que, aunque algunas personas no supieran ver tu verdadero valor, eso no quitaba nada de lo valiosa que eres.
En ese momento, no podía imaginar lo que vendría después. Solo sabía que quería seguir hablando contigo, conocer más de ti, estar allí aunque fuera a través de palabras escritas. Y tú, al abrirte y confiar en mi, me dejaste ver que también podía confiar en ti.
Acordamos que continuaríamos la conversación cuando nos viéramos en nuestro famoso “Paquete de tabaco en las rocas”. Esa promesa quedó flotando como un hilo invisible que unía nuestro presente con lo que vendría después. Era un recordatorio de que la amistad también se construye con cosas sencillas, momentos cotidianos y conversaciones compartidas.
Ese 17 de agosto marcó un antes y un después. Desde ese día, nuestras conversaciones cambiaron. Se hicieron más largas, más frecuentes y más profundas.
Empezaste a ocupar un lugar más importante en mi vida. Noté que te daba prioridad en mis notificaciones, que buscaba tus mensajes incluso entre el caos de mi móvil y sacaba tiempo para poder seguir sabiendo mas de ti y a la vez abrirme yo también contigo.
Los dias se llenaron de charlas que parecían no tener fin, risas, lamentos, pensamientos, ideas y un sinfín de mensajes compartidos.
Poco a poco, nuestra amistad crecía, lenta y constante, con la delicadeza de quienes se preocupan y se escuchan de verdad, como a ambos nos gusta, sin juzgar.
El verano comenzó a llegar a su fin, y septiembre llegó con su ritmo pausado.
Las conversaciones continuaban, algunas llenas de nostalgia, otras de humor, otras de reflexiones… pero ahí estabamos. Cada mensaje tuyo era una ventana a tu mundo, y cada respuesta mía era una forma de cuidar esa amistad que empezaba a ser importante.
Recuerdo que muchas veces me detenía a pensar en lo increíble que era descubrir a alguien poco a poco. Cada detalle de tu vida, cada recuerdo, cada emoción, revelaba algo nuevo sobre ti. Tu historia se desplegaba lentamente, sin prisas, con cuidado. Y yo quería aprender más, escuchar más, saber más, sin invadir, solo acompañar.
Esas conversaciónes me hizieron recordar que la amistad no siempre se construye con grandes gestos. A veces se forma con pequeños detalles: un mensaje a tiempo, una pregunta sincera, una palabra que demuestra preocupación. Aprendí que podía confiar en ti y que tú confiabas en mí. Esa confianza fue el inicio de algo más grande que aún no entendíamos del todo.
Pensé en tus palabras sobre autosuperación, y cómo a pesar de todo lo que habías pasado, seguías adelante. Sabia que quizá no pasabas por tus mejores momentos e intente escucharte y dar mi opinión con respeto, curiosidad y ganas de acompañarte, aunque solo fuera con palabras.
Y entendí que, más allá de mensajes y conversaciones, había algo profundo naciendo entre nosotros: una amistad que no se mide en tiempo, sino en calidad, en atención y en disposición de escucharse de verdad.
Esa comprensión silenciosa, ese interés genuino por conocer al otro, le daba sentido a cada palabra que intercambiábamos.
Desde aquel día, me sorprendía revisando el móvil con frecuencia, esperando un mensaje tuyo o queriendo contestar al momento.
Ya que cada vez era más asiduo que nos pasásemos horas y horas hablando y cada conversación era un nuevo descubrimiento, cada detalle que compartías un pequeño paso que me acercaba más y más a saber de ti.
Hablábamos de todo y de nada: recuerdos, anécdotas, pensamientos aleatorios, ideas surgidas sin planearlas. Y en cada frase, sentía que nuestra amistad se fortalecía, que algo se estaba construyendo de forma natural, sin forzar nada, con la naturalidad que solo tienen las relaciones sinceras.
A veces, después de un mensaje tuyo, me detenía a pensar en cómo alguien podía ser tan enigmático y a la vez tan abierto
El verano terminó, los días se hicieron más cortos y frescos, pero nuestra amistad siguió creciendo, constante y segura. El 17 de agosto quedó marcado como un día especial, un antes y un después. No solo porque hablamos más y nos contamos cosas importantes, sino porque comprendí algo esencial: cuando alguien confía en ti y te deja entrar en su mundo, nace un lazo que no se rompe con facilidad.
Y así, Forastera, comenzó todo. No era solo una conversación; era el inicio de algo que, con paciencia, tranquilidad y respeto, se iría construyendo palabra a palabra, mensaje a mensaje, momento a momento.
Ese día quedó grabado en mí, y la certeza de haber encontrado a alguien con quien se podía hablar y compartir, alguien cuyo mundo quería conocer, se convirtió en una sensación que todavía tengo presente.
Con el paso de los días, me fui dando cuenta de cómo cambiaban las cosas. Al principio, las conversaciones eran novedad. Pero poco a poco, se convirtieron en algo que esperaba con ansias. Me acostumbré a ver tu nombre en la pantalla, a reconocer tu forma de expresarte e incluso a imaginar tu reacción al otro lado de la pantalla.
Conforme el tiempo pasaba y las conversaciones cada vez eran más fluidas e interesantes, no podía evitar revisar el móvil de vez en cuando para ver si tenía alguna contestación o mensaje tuyo.
No era impaciencia, era una especie de calma mezclada con curiosidad. Me gustaba la idea de saber que estábamos allí, hablando, compartiendo cosas del día a día, reflexionando sobre la vida o simplemente riéndonos de algo sin importancia.
Y no me refiero solo a las palabras, sino a la manera de transmitir. Había algo en ti que se parecía a mí: esa forma de observar el mundo, de guardarse cosas, de pensar más de lo que se dice. Me di cuenta de que te entendía incluso cuando no decías mucho, porque tus silencios hablaban, y los míos también, e imagino que eso fue lo que nos conectó, el saber que estábamos forjando una amistad que nos comprendía.
Poco a poco, comencé a conocerte no solo por lo que contabas, sino por cómo lo contabas. Tus emoticonos, tus textos, tus pequeñas expresiones. Aprendí a leer entre líneas, a notar cuándo estabas bien y cuándo no tanto. Y cada vez que te sentía más cerca, algo en mí se calmaba. Era como si encontrar a alguien que te entiende sin necesidad de explicarlo todo fuera una especie de descanso.
A veces pensaba en todo lo que no sabíamos el uno del otro, en las cosas que el tiempo todavía no había mostrado. Y aun así, había una sensación de cercanía, como si hubiéramos coincidido en el momento justo.
No sé si fue casualidad o algo más, pero siempre he creído que las personas llegan cuando tienen que llegar. Aunque bueno, en mi caso sabes que no creo en la casualidad sino en causalidad, y la causa, en nuestro caso, en forma de amistad y de una manera poco común, al apenas haber podido compartir tiempo en persona.
Quizá tú llegaste en un momento en el que necesitaba recordar que todavía había gente con la que se puede hablar sin miedo, sin filtros y con naturalidad. Que se puede compartir algo tan simple como una conversación y que eso, en sí mismo, ya puede ser importante.
A veces pensaba en todo lo que fingimos en la vida diaria, en las máscaras que usamos para no mostrar demasiado. Contigo no había nada de eso. No hacía falta. Y eso era raro y bonito al mismo tiempo.
Había algo tranquilizador en saber que podía hablar contigo sin medir cada palabra. Y más aún, que tú hacías lo mismo. Empecé a notar cómo cada charla nos acercaba un poco más, no de una forma repentina, sino como quien da pasos pequeños pero firmes.
Esa sensación de complicidad, de confianza que crece sin planearlo, fue lo que me hizo entender que las personas no se eligen por azar. Que a veces uno simplemente siente que debe estar ahí, acompañar, escuchar y respetar.
Con el paso de las semanas, nuestras charlas se convirtieron en una costumbre, y me descubrí pensando en ti incluso cuando no hablábamos. Me sorprendía recordando tus frases, tus ideas, alguna risa que me habías sacado sin querer. Me di cuenta de que, sin notarlo, habías empezado a ocupar un lugar importante en mí día a día.
Y todo había empezado aquel 17 de agosto.
A veces pienso que hay días que no parecen importantes hasta que pasa el tiempo. Momentos que parecen casuales, pero que terminan marcando un punto de partida. Ese día fue uno de ellos.
Desde entonces, cada vez que pienso en ese día, me invade una sensación de felicidad. Es como mirar atrás y ver cómo algo pequeño se convirtió en algo grande sin que te dieras cuenta. Cómo una charla cualquiera se transformó en un vínculo sincero.
No sé si se puede explicar con palabras, pero hay amistades que simplemente fluyen. No necesitan definiciones, no piden nada, solo existen y crecen. Eso fue lo que empezó aquel 17 de agosto.
A veces, cuando cierro los ojos, todavía puedo imaginar el sonido de las notificaciones de esos días, las horas que pasaban sin notarlo, el brillo suave de la pantalla en medio de la noche. Recuerdo la mezcla de tranquilidad y curiosidad, el silencio de mi habitación mientras leía tus mensajes, la sensación de estar acompañado incluso sin verte.
No fue solo el inicio de una amistad. Fue el inicio de algo más profundo: de entender que las conexiones reales no se planean, simplemente ocurren.
Y así, entre mensajes, risas, silencios y palabras sinceras, empezamos a escribir una historia que no sabíamos a dónde nos llevaría. Una historia que todavía sigue viva.
Y cada vez que pienso en ti, Forastera, en todo lo que compartimos y en cómo empezó todo, me doy cuenta de que aquel día —ese sencillo e inesperado 17 de agosto— fue el comienzo de algo que, sin buscarlo, me hizo acercarme a ti y no parar de hacerlo hasta que la distancia se acabó ese 14 de Septiembre que viniste a verme y nos fundimos en un abrazo… Pero todavía es pronto para desvelar “CAP 2” La Libélula.






El tiempo corre, el tiempo vuela y eso no va a cambiar
Como el deseo que se esconde en tu mirada al pasar
Aprendiste que en la vida a veces subir es bajar
Y desde entonces te supiste valorar
¿Cual es la diferencia entre mentira y verdad?
Si al fin y al cabo cada uno plasmamos nuestra realidad
El tiempo se hace efimero si es de calidad
Una vida de aprendizaje para tan corta edad
Decidiste abrir tus alas y volar
Como la libelula ansiosa por lograr su libertad.
LA LIBÉLULA
Todo comenzó con una frase tan sencilla que, en apariencia, ni el propio destino sabría que pudiese ocurrir.
“Va, te voy a decir algo. He llegado. ¿Has preparado el paquete de tabaco?”
Aquel mensaje, marcaría el inicio de una noche que ninguno de los dos habría imaginado. Era la culminación de un pequeño pacto que tuvimos tiempo atrás, que habíamos formado cuando aún estabas lejos, cuando todavía no sabíamos si el tiempo y la distancia serían obstáculo o puente.
Nos habíamos prometido que cuando volvieras a España quedaríamos una noche para hablar de todo lo que se había quedado entre líneas: nuestras historias, nuestros miedos, nuestras dudas, nuestros deseos. Tú y yo. Yo y tú.
Aquel día, aunque no lo sabíamos, se convertiría en el primero de muchos.
La libélula, ese ser alado que tanto te fascina, era símbolo constante de tu presencia pues es de lo poco que pude ver cuando te conocí en persona.
El pequeño tatuaje que llevabas en la piel, la forma en que hablabas de lo que representaba con algo que te definía profundamente.
Eran exactamente las 2:29 de la madrugada del 14 de septiembre de 2023 cuando apareciste con un SUV blanco.
Por absurda que parezca la situación, me generó cierta confusión, yo esperaba verte llegar con tu famosa furgoneta, esa que representaba tu rutina y la identidad de la persona que yo conocí.
La furgoneta con la que te había visto tantas veces aparecer por la calle Ibiza. Pero no, aquella noche llegaste en un coche que no asociaba contigo, como si hubieras decidido presentarte ante mí con una versión diferente de ti misma.
Aun así, al verte bajar del coche, al verte caminar hacia mí con esa mezcla de timidez y seguridad, todo encajó. Nos saludamos con dos besos y un abrazo que, aunque breves, guardaba ya algo cálido, algo que no parecía corresponder a dos personas que apenas habían tenido contacto físico.
Me dijiste que necesitabas mear y te lleve hasta la parte trasera de un almacén poco iluminado que todavía ni siquiera conocías.
La noche era oscura, y en aquel rincón silencioso comenzaron nuestras bromas; nuestro famoso “te lo veo”, seguido de tu inigualable “abre la boca”. Ambos nos reímos como dos idiotas, como dos niños que celebran su propia estupidez.
Era humor fácil, casi absurdo, pero nos unió instantáneamente. Allí, entre risas y sombras, sucedió el primer atisbo de lo que sería esa noche.
Subimos al coche y nos dirigimos a la playa de Les Amplàries, donde un banco solitario de madera sería testigo de una conversación que pronto dejaría de parecer la de dos “desconocidos”.
La conversación fluyo, primero con cautela, como quien tantea el terreno antes de pisarlo con seguridad.
Pero pronto la prudencia desapareció. Me hablaste de tu vida con una naturalidad que me asombró: de tu familia, de tu ex pareja, de tus frustraciones, de tus ilusiones, de tu manera de ver el mundo.
Te abriste sin reservas, sin filtros, y cada palabra tuya resonaba con la sinceridad de quien no pretende impresionar, sino simplemente ser.
Lo extraño o lo maravilloso era que yo sentía que aquello tenía todo el sentido. Como si siempre hubiéramos estado destinados a hablar así, con esa intimidad temprana que desafiaba a la razón.
A pesar del dolor que tenías, decidiste no ir a Urgencias. Preferías seguir allí, conmigo, hablando en aquel banco bajo las estrellas con el mar de fondo.
Las horas pasaban y la madrugada se extendía, finalmente, decididimos volver al coche para estar más cómodos. Y entonces ocurrió algo que aún hoy me cuesta creer que fuera pura casualidad sino causalidad.
Te pedí que pusieras música. Tú, sin pensarlo, sin buscar nada concreto, reprodujiste una canción.
“Cantándote el oído.”
La ironía de la vida quiso que esa canción fuese la que sonase, la que ambos conocíamos y cantamos a pleno pulmón.
Terminaste, literalmente, cantándome al oído, mientras tus ojos, esos ojos que aún puedo ver con solo cerrar los míos me miraban con una mezcla de dulzura y nerviosismo.
Después sonó “Price Tag”, y en ese momento me dedicaste un guiño que jamás olvidaré. No hacía falta decir nada. Ambos lo sabíamos: algo estaba creciendo entre nosotros, lento pero inevitable e inesperado.
Cuando la noche terminó, tenías que irte para recoger a tu primo. Me dejaste en casa y nos despedimos. Al llegar a casa, quise escribirte para decirte que tengas cuidado en la carretera, pero descubrí que me había dejado el móvil en tu coche. Señal de lo agusto que estuve contigo, de lo completamente que, sin darme cuenta, me había abstenido de utilizarlo.
Como si el destino quisiese que quedásemos una segunda vez con el pretexto de devolvérmelo. Por lo que decidimos quedar al día siguiente para que me lo devolvieras.
Te esperé en la terraza del Ibiza, y allí estaba Eva, que me prestó su móvil para avisarte y, ante mi forma de explicarle como me lo había dejado en tu coche, no pudo evitar sospechar que había sucedido más de lo que realmente había sucedido.
Lo cierto es que no pasó nada entre nosotros aquella primera noche, pero la situación facilitaba el malinterpretarse. Y quizá, aunque nada hubiera ocurrido físicamente, algo sí había empezado ya.
Cuando apareciste en el Ibiza, estabas…PRECIOSA.
Con tu dulce sonrisa, tu largo cabello y un corsé que resaltaba tu belleza natural y que no pude evitar fijarme.
Ya que hasta entonces, siempre te veía cansada, vestida con ropa de trabajo, como quien lucha contra el día a día. Pero aquella noche llegaste como si el mundo no pesara sobre tus hombros.
Me devolviste el móvil con naturalidad, cosa que hizo aumentar aún más las mal interpretaciones de los que se encontraban allí.
Nos sentamos a tomar algo y hablamos los cuatro, hasta que tu primo y la chica que lo acompañaba decidieron irse a dar una vuelta, dejándonos solos. Una vez más, tú y yo. Yo y tú.
Nos fuimos a la playa. Caminamos por la arena mientras las olas avanzaban y retrocedían con su sonido de fondo.
Y allí, bajo la tenue luz de la luna, te vi de espaldas.
Algo me impulsó a abrazarte: instinto, deseo, necesidad. Tú, sin dudar, tomaste mis brazos y los abrazaste contra ti mientras te abrazaba por la espalda. Un abrazo breve, pero eterno.
El segundo en nuestra hasta entonces pequeña historia, y sin embargo ya lleno de una sensación de calma y paz que no correspondía a dos personas que apenas se estaban conociendo.
Cuando llegó el momento de despedirnos, hice una broma que provoco una contestación por tu parte corta pero directa y sincera:
“Sí que te ha gustado Oropesa, ¿eh? Dos noches seguidas viniendo.”
Tú, sin pensarlo, respondiste:
“No vengo por Oropesa. Vengo por ti.”
No lo negaré: mis dudas se disiparon en ese instante. No venías solo por el móvil ni por acompañar a tu primo. Venías porque querías estar conmigo.
Esa noche seguimos hablando por chat, y la conversación llegó a un punto donde ya no había marcha atrás.
Dudabas si decirme lo que sentías o guardarlo para siempre, pero elegiste la sinceridad. Cuando yo te dije “Ojalá volvamos a quedar pronto”, respondiste:
“Quedaría contigo un día tras otro.”
Poco después confesaste lo que sentías:
“Mi cabeza quiere irse a Rumanía y seguir lo que había empezado con este chico… pero mi corazón no está seguro. Te hubiese besado en ese momento, mas verdad que esta no hay.”
Y supe, sin más, que yo no estaba solo en aquello que había sentido en el banco, en el coche, en la playa, en cada mirada que intercambiamos. Era real. Y era mutuo.
Pasaron unos días antes de vernos de nuevo. Hasta que llego una mañana que me escribiste por que estabas mal, por una situación que habías hecho mal.
Yo no entendí del todo porque había sucedido, pero sí vi tu arrepentimiento verdadero. Y te escuché. Te acompañé y te apoye, aunque fuera desde la distancia.
En un momento inesperado aquella mañana, me pasaste el teléfono para que le cantara a tu madre “Sonu Telefoanele”.
Me morí de vergüenza, pero no tuve otra opción. Lo hice mientras os reíais porque estaba cantando esa canción, pero me gusto que tuvieses la confianza suficiente como para ponerme al teléfono con tu madre.
Más tarde volviste a sentirte mal. Entonces te propuse ir a Castellón. Cogí el tren y te esperé en la estación. Cuando subí a la furgoneta supe, solo con mirarte a los ojos, que habías estado llorando. Y te abracé, sin palabras.
Buscamos un lugar apartado donde hablar y encontramos una parada de autobús solitaria en las afueras de Castellón. Aquel lugar, insignificante para cualquiera, se convertiría en un lugar muy especial para nosotros.
Allí ocurrió nuestro primer beso. Sabíamos que no debíamos hacerlo. Sabíamos que moralmente era un error, que aún no era el momento, que había demasiada confusión alrededor. Pero el deseo, la tensión y la verdad interna de ambos fueron más fuertes que todo y caímos.
Nos besamos. Y fue perfecto, sincero e inevitable.
Cuando volvimos al coche dijiste:
“Bueno… tendremos que hablar, ¿no?”
Y hablamos. Mucho. Durante el trayecto de vuelta a Oropesa no paramos de hablar de lo que pensábamos, lo que temíamos, lo que deseábamos. Entonces confesaste:
“Me da miedo que pase algo entre nosotros… porque creo que me puedo enamorar de ti.”
Y en ese momento supe que ya estabas enamorándote. Que yo también. Que había una conexión tan fuerte que ni tú ni yo podíamos ignorar, aunque lo intentáramos.
Me hablabas del miedo a perder la amistad que habíamos construido de llamadas, mensajes, confidencias y quedadas. Te dije que el miedo no debía impedirnos vivir algo más grande. Algo mejor. Algo verdadero.
Aun así, el miedo seguía ahí, transformado en una coraza casi indestructible. Pero el amor, cuando nace de una manera sincera y natural, siempre encuentra un hueco por donde filtrarse.
Y así ocurrió.
Los días pasaron con sus silencios, sus dudas, sus acercamientos. Hasta que la historia llegaría a un punto donde todo cambiaría para siempre.
Pero para descubrirlo…
…tendrás que esperar al próximo día 7.
Allí podrás leer:
“CAPÍTULO 3: La Etiqueta del Precio.”
CAPITULO 2
"LA LIBÉLULA"


















